Futuros presentes pasados, que errabuendéan por ahí.

Alberto en Japón.


Esa noche Alberto  escucho la misma canción por más de 48 veces, no le aburrió, porque la canción era mágica, era ella cantando y cada vez encontraba otra cosa con que relacionarla, otra imagen inventada, inventaba lugares, inventaba la historia, se veía en el videoclip eterno muy feliz, expectativas que tal vez nunca se llegarían a cumplir ni en la película ni en el sueño. Pensaba mucho en regresar a su pueblo natal, La Gran Canaria,  deseaba escuchar las fuertes olas, surfear y beber hasta emborracharse, pero sobretodo pensaba en verla, tomarla por sorpresa y abrazarla fuerte, su madre era lo más preciado que tenía, sabía que aquella podre vieja estaría en la misma banca cosiendo vestidos de colores fuertes para vender a los turistas, tal vez con más canas que no hubiera notado nunca si no hubiese partido. Ahora que estaban lejos ya no podía hacerle bromas, ni tomar caldo de pescado, nadie le regañaba por el crecimiento de su cabello y cuando cortarlo; quería sentirse como un rey viendo el maratón de Star Wars en su sofá preferido. Todo era diferente en Japón, las estaciones de tren estaban al tope de personas, niños que parecían perdidos con padres despreocupados, mujeres muy estrambóticas, todos muy egocéntricos, falsos y perfeccionistas, nadie se acercaba con una sonrisa, extrañaba a sus amigos. A quién engaño, Alberto no existe existo yo tras esta laptop tratando de hacer una historia y así me acobardo y digo, mejor no debería seguir. 

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Cosas Viejas